Me imagino que ya habrás leído o escuchado sobre la dura ola invernal que hemos estado viviendo en el cono sur durante las últimas 2 semanas (si no has escuchado nada es porque realmente eres un “desinformado al borde del importaculismo existencial” y cuentas con la suerte de tener una amiga como yo que te comenta este tipo de cosas).
Pues si querido amigo(a). En el caso particular de Santiago, se está experimentando el invierno más frío desde hace ya varias décadas, llegando a temperaturas sostenidas bajo cero durante varios días. Chaquetas, bufandas, gorros y guantes, se vuelven prendas básicas del vestir diario y una necesidad primaria para cualquiera que se atreva a salir a la calle (y en ocasiones a permanecer dentro de ella).
El usar ropa extra para mi nunca ha sido un problema. Me encanta comprarla, usarla, combinarla y volverla a usar. Aunque debo confesar que mi parte favorita es la primera, la de comprarla. Tiritar de frío es un condición a la que uno se acostumbra a los pocos minutos, sentir más hambre de lo normal es perfectamente sostenible y perder la sensibilidad en los dedos de los pies es solo otro gaje del oficio de vivir en un país con estaciones.
A lo que realmente aún no me acostumbro y continúa siendo mi verdugo diario es la difícil y martírica tarea de ir al baño!!! Una actividad que pasaba desapercibida en mi día a día, ha dejado de ser pacífica y placentera para convertirse en un complejo sacrificio entumecedor!!!
Complejo, porque no se imaginan la cantidad de capas de ropa que una lleva encima y le toca quitarse una por una pa’ poder bajarse los benditos pantalones. Sacrificio, porque mientras se retiran las capas una a una, toca contraer la vejiga lo máximo possible o en su defecto empezar a hacer pequeños saltitos en puntitas de pies mientras se reza el padre nuestro pa´ que una alcance a bajarse los pantalones a tiempo. Y entumecedor, porque una vez pantalones a bajo, la ráfaga de frío que entra por el huequito inferior es dignamente merecedora de un HPzo mudo!
Como si fuera poco el dolor al que uno se ve expuesto cada vez que necesita ir al baño (por aguantar las ganas de ir y por el HP frio que le toca aguantarse mientras hace del cuerpo), el mismo clima hace que a uno le den ganas de ir al baño con mayor frecuencia. O sea que el “complejo sacrifio entumecedor” aumenta su calidad de ‘martirio’ porque lo obliga a uno a volver, a volver y a volver más de lo normal.
Todo esto me ha llevado a darme cuenta de que en Chile no ponen aire acondicionado ni reguladores de temperatura en los baños. Son los lugares más fríos de las casas, oficinas y centro comerciales. A parte les ponen unas turbinas que hacen circular el aire de manera casi anti-natural y el agua del grifo es más fría que la de las cataratas del Niágara. Como si fuera poco, después de lavarte las manos te encuentras con que casi ninguno cuenta con secadores de manos eléctricos - aquellos que uno podría usar como “calentadores”. Es como si te estuvieran diciendo “si po’ wueon… te “cagamos” la cagada, cachai?”.


